viernes 3 de febrero de 2012

"Viendo Summertime #1"

Diferentes maneras de ver, hojear, descubrir y, también, de "liberar" los "Dípticos" del libro: Summertime, Tiempo de verano.
#1 Plegando sobre sí mismas las páginas con fotos.

"Viendo Summertime #2"

Diferentes maneras de ver, hojear, descubrir y, también, de "liberar" los "Dípticos" del libro: Summertime, Tiempo de verano.
#2 Arrastrando y plegando las páginas de derecha a izquierda.

"Viendo Summertime #3"

Diferentes maneras de ver, hojear, descubrir y, también, de "liberar" los "Dípticos" del libro: Summertime, Tiempo de verano.
#3 Arrastrando y plegando las páginas de izquierda a derecha.

viernes 6 de enero de 2012

¡Los Libros de Fotos bajaron a la calle!

¡Los Libros de Fotos bajaron a la calle!

*Parque Rivadavia (altura Campichuelo) - Sábados por la tarde. Y a veces también los viernes...

*San Telmo - Defensa 441 (entre Belgrano y Venezuela) - Domingos de 10 a 20 hs.


Los que quieran pasar a hojearlos,

charlar un rato,

o "interesarse" más en ellos ;)

pues ¡Bienvenidos sean!

Un saludo cordial

leandro

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"Formas Zoológicas" - "Fotografías Mínimas" - "Summertime"

miércoles 4 de enero de 2012

Capítulo adelanto del próximo Libro: "Del Fuego y el Chapuzón"

"Del Fuego y el Chapuzón"


Cuando un clima es poderoso, propicia la floración de ciertas virtudes. La atmósfera, si es sensual, se carga de creencias en las acciones. Cada marca que una ola deja en el cuerpo, señala los grados de aspersión con que se disfrutan determinados ideales y se restructuran y orientan sus brazadas y pataleos.

Pero en el mismo paisaje donde hay un orgasmo refrescante y liberador, también hay un elemento ingrato que lo mortifica y lo pone a prueba, a veces retrasándolo, otras directamente proscribiéndolo. En el mismo organismo conviven chocantemente por un lado, el deseo de chapotear en el barro, y por el otro, un prejuicio que lo posterga, secando la tierra y convirtiendo en máscara al gesto alegre.

Sin embargo, Arturo ha hecho avances en la vacilante tribulación que esta dualidad todavía le provoca. Por ello han quedado muy atrás los inviernos más crueles y los veranos más asfixiantes. También le siguieron de largo las malicias de una nieve inexistente y la escarcha de los inaugurales días de julio. En su última primavera estudiantil la gestión se fue preparando, y su idea, nacida de una imagen anaranjada y antigua, se convirtió en una máquina aceleradora de partículas creadoras. Su primera estación, y el deseo de auspiciar con ésta un comienzo distinto, le suscitaban la nueva seducción por el tan olvidado principio de placer.

Alguna vez (muy nubladamente), ya había tenido la tentación de volver a ese tiempo perdido. Pero ahora (muy claramente) le pareció, al fijar las nuevas prioridades de un cuerpo que comienza a erguirse, que el húmedo arenal que formaba la orilla de su continente estaba abarrotado hasta el cansancio de formas atractivas, sexuales, plásticas y, por ello, muy fotogénicas; además de conocer que -teniendo en cuenta la naturaleza inflexible de aquellos a los que la felicidad del agua les ha sido negada durante un extenso período- los amantes de la pose ignífuga son siempre necesarios para fijar, por contraste, una actividad terapéutica que tenga por fin un ideal de bienestar. Asimismo Arturo, a esta altura, naturalmente ya había percibido que pujaba hacia afuera la necesidad de ensayar una reinterpretación total de su atmósfera, y que por entonces un primer capítulo mojado -uno que también expresara la gratitud por los veranos más maravillosos que había vivido-, constituiría tentativamente la presentación con la que más dignamente podría terminar él de desalojar de su nueva contextura a los conceptos más áridos (descriptos en el capítulo de la vida primera). Según Arturo, la redención, el orden y la redirección de los nuevos pasos, comienzan siempre por el mar y en tiempos de verano, o en el verano y dentro del agua.

En ese instante capital de la última primavera, y aunque de manera inconciente, su alma se disponía ya a cumplir con un nuevo proyecto de bienestar total; ella sabía, en su locura infantil, que ese viaje iba a significar, mucho más tarde, la verdadera confluencia entre la imagen concreta de su primera parada y el espíritu de la profecía del recambio natural. Arturo ya buscaba a alguien muy atrás en el tiempo, alguien pequeño que lo ayudara a poner fin a una inhibición generalizada de sus instintos animales, algún niño fiel y revoltoso que le aportara, por contagio, una nueva cuota de irreverencia. Entonces, hecho el retorno, se encontraba allí un solo niño. Éste estaba rodeado de formas vivas y anaranjadas, y ya tenía en su mano la copia de una herramienta dispuesta a comenzar a construir castillos de arena sobre el mar.

Arturo, llegado justo a tiempo, habiendo realizado con éxito el mejor flash-back que pudo efectuar hacia su infancia, se bautizó pies ligeros. En el verano se mudó todo él; volvió a mirar el horizonte. Pies bailarines de la arena. Uñas incompletas pero pulidas y brillantes por la sal marina. Ojos tremendos detrás de gafas, alegres ojos, también borrachos los dos, y humedecidos en gran alegría. Bien abiertos ellos profundizaban sobre el terreno, desparramando el foco hacia todos los rincones y, sobre todo, asumiendo la mágica paciencia de poder observar, sólo mucho más tarde, las apariencias de las cosas que entre tanta amplitud y velocidad se le escabullían. Y justamente, es en este tiempo de verano que un nuevo clima interior devuelve con aplausos al niño perdido. En esta espectacular y concentrada cosecha de chispas saladas y granos de arena bien gruesa, el deseo por una figura emprendedora lo aleja de la misma calle reintegrándolo al camino del húmedo conocimiento. Pues, demasiado su alma adulta se ha deshidratado en la abstinencia líquida del continente. Arturo lo sabe bien. Mucho de más ha vivido fuera del agua, lejos de la espuma blanca y cerca del inferior invierno. Exageradamente ha adolecido llorisqueando junto a las dignidades de los consagrados guardavidas. Muy repetidamente se ha codeado cordialmente con fuerzas de distinta naturaleza. Y, en verdad, las mismas fuerzas que le aconsejaban acelerar todos sus intentos de liberación, no hacían en verdad otra cosa más que generarle, muy oscuramente, todo tipo de discordias, e interferir la vibración de todos sus procesos naturales, contaminando por ello de levedad a cada uno de los niveles de concentración necesarios para asumir la decisión final de consagrarse al chapuzón.

Luego de toda distracción espacio-temporal, tarde o temprano, siempre se encuentran el recuerdo con el niño crecido. Y cuando ésto le sucede a Arturo, le gusta estar echado donde otros niños también juegan, justo allí, junto a los primeros quitasoles de tela que se clavan profundos sobre la arena húmeda. Los poros de su cuerpo tienen ahora tan incorporada la sal, que sólo se entretiene su cerebro con los granos pegados en su piel, y lo hace sin remover una sola cosa más de su sitio. Simples átomos de luz contenida, juguetes perfectos y rabiosos son estos irreductibles granos de vida. Ellos visten a todas las cosas que hay en el paisaje, pero visten mejor a aquel hacedor de castillos que, enfrascado en una épica natural, y teniendo a los granos por ladrillos, todo se desviste en su afán de sentir el puro aire de la construcción. Su cuerpo actúa variadas metamorfosis: su brazo es como el gancho de una grúa que parece levantar del suelo a ciertas formas desmayadas de éxtasis; su mano derecha es como un salero que se agita entre picados y contrapicados salando el alimento de sus recorridos. Para este niño no hay fuego alguno que desorganice su nuevo afán de construir un lugar para sus visiones.

Y así, muy noblemente, se prestan el mar y la arena para que los estudiantes del chapuzón reciban su esperada recompensa: una gaseosa y un alfajor. En tiempos de verano como este, muchos ansían la acción refrescante y liberadora, pero algunos pocos apenas consiguen capitalizarla. Sólo estos marineritos descontrolados remontan la primera ola como jinetes incansables. Ellos intuitivamente barrenan la pista de agua, posando sus torsos lampiños sobre el agua y renunciando a las seguras riendas de los potros espumosos. Amigos del mar, y de todo lo marino, cuanto más ven la costa a lo lejos más se recrean en ella. Estos amigos del cambio crecen siempre, algunos oprimidos por grandes ciudades sin agua, otros siendo vecinos de la jungla incandescente. Son expertos en el arte de la paciencia, de la bajada a tiempo a tierras más gratificantes. La escuela del verano es la institución que, sin duda -y al mismo tiempo que se recibe la educación formal y primaria-, mejor les enseña a los niños la gimnasia espontánea de los gustos y de las aptitudes.

Y el niño Arturo es paciente. El niño no llora. El niño dice “bueno”. El niño espera. El niño viaja. Viaja Arturo ya crecido; baja a la costa azul. Mientras otras formas, endurecidas de pies a cabeza, no lo hacen, pues se ha corrido el rumor de que las olas y el viento desbaratan graciosamente aquellos raros peinados viejos. Algunos dicen: “Al lugar donde fuiste feliz no debieras volver”; pero Arturo, muy tozudamente, allí va. Sólo que ahora lo hace llevando consigo una nueva forma de registrar los hechos. ¡Claro que nosotros decimos que así sí se puede regresar! Pies grandes lo llevan a él: primero el derecho, después el izquierdo; lo trasladan encontrándose intermitentemente. Además de sostener ahora un nuevo peso, y parecer que invaden y patean, son como formaciones livianas y fugitivas que ligeramente acarician la arena, y que sin par y sin querer queriendo se escriben con luz en el paisaje cenital. En el momento de esa escritura no saben ellos del fuego gris, o no quieren saber. Los pies andan allí sin parar, en entrado estado de ebriedad, pero siempre paralelos entre sí: nunca cruzados, nunca detenidos. Son de la brisa estas formas punteras: parece que marchan por el suelo al compás de la música del sol, pero en realidad transitan el aire. Soberbios pies, ingrávidos y gentiles, andan sin pisar ninguna otra forma, pero borrando todas las líneas.

¡La felicidad de estar al borde, y traspasarlo, es una cosa que se persigue desde niño! Y siempre intentó Arturo un verano con repertorio de imágenes salvajes y al borde. Sus ojos ya has explotado de cansancio viendo la misma calle, aquella por la que continúa desviviéndose hoy el bestiario personal de todo observador excitado. Sus bestias aquí son fatigados paseantes entre la gran muchedumbre de la orilla. Estos ociosos, por su reticencia a la limpieza natural, apenas se le animan a aguas poco profundas, son miedosos del agua cuando se mueve de aquí para allá, alejándose y regresando, libremente. En su lugar, parecen ellos estar más preocupados por interpretar las contorsiones gestuales que los otros puedan efectuar respecto de sus apariencias, que de las verdaderas figuraciones que podrían encarnar, muy rápidamente, con tan solo mirar hacia el frente y cruzar la línea que divide la arena seca de la mojada.

Pero Arturo, como todo niño, ve las playas de una manera mucho más primitiva: branquias quisiera tener para irse con sus amigos al mar. En estas dimensiones, separarse de su especie por algo que él considera superior, no es soberbia, sino amor a la tierra. Del mismo modo que un animal, que un perro por ejemplo, que entiende de lugares, de afuera y de adentro, de aquí y de allá, el niño entiende esta dualidad desde lo más esencial: el agua refresca al animal, el fuego quema a las bestias. Para el niño pez, el gris no es color de nada. Los pies, como las branquias, sólo si son grandes pueden mantener al cuerpo erguido sobre la turbulencia que significa la apertura de un nuevo ciclo. Ahora, si estos órganos estuvieran contraídos y arrugados como pasas de uva, solo atravesarían temerosos, y a los saltos, la novedad. Entonces, pies grandes van y vienen, descalzos por supuesto. Tengamos en cuenta que la misma playa de la que estamos hablando, después de tantos años, no ha cambiado mucho sus formas. Y Arturo, según nos cuenta, solía desaparecer en esa gran extensión, y sufrir por ello grandes quemaduras en sus pequeñas bases con dedos. Pero ahora la misma porción de costa es recorrida y redescubierta con pies frescos y resistentes.

¡Bienvenidos! ¡Así comienza un nuevo ciclo de vida!

Sobre las pequeñas dunas de arena seca, se ven ondulantes las sombras de las largas, de esas que se ven mucho mejor en lo abierto que en la ciudad. La temperatura, aunque con tendencia ascendente, posa su virtuosismo sobre lo más bajo y mundano. Entonces, al nivel del suelo, la fiebre veraniega se llena de altura. Desde allí no se ve al cielo más que con los ojos cerrados, y un gesto esforzado del rostro que los acompaña. Postes retorcidos y puntiagudos, con muecas felices y brazos en jarra, cual nudistas acomplejados, son estas corporaciones de acompasados veraneantes. Pero los ojos de los verdaderos nudistas están bien abiertos. Los visores de los observadores desacomplejados ya están alertas, quizás también por el efecto de una embriaguez que los acompaña, ininterrumpidamente, pasado ya el mediodía e hinchadas sus dos órbitas como pelotas. Ni el sol es lo bastante incandescente como para contrarrestar el brillo de sus ojos sobresaltados de visión. ¿Puede ser un buen chico este nuevo niño extasiado en sustancias naturales? No lo sabemos. Pero, al menos ahora, mucho más desinhibido, no pedirá permiso para acercarse a sus visiones, a esas formas tan deseadas y evanescentes; de modo que así, corriendo él entre las más bellas y suaves que también buscan la húmeda orilla, podrá seducirlas para finalmente penetrarlas. Solo ellas abren el juego del placer y del bienestar. Porque es su método de acercamiento el que no necesita pedir permiso, mezclando una gota de sudor con otra gota de agua salada irá creando el escenario ideal para esta desbordante nueva realidad.

La creación es inevitable como las mareas. Cuando un ideal de frescura toma posesión de un espíritu incansable y dinámico, sólo bastan gotas de sudor y de tinta para fijarlo en páginas permanentes.

Pronto, entonces, debe el niño grande atreverse a correr atolondradamente hacia el agua, desafiar al frío y al miedo, jugar con los delfines imaginarios y tragar las algas destejidas por la rompiente. ¡Arturo: tanto le temes al agua, que al fin sucede! Y debes comenzar a correr atendiendo también a las obstrucciones. Porque aunque algunas formas que no gustan del chapuzón se hayan quedado en la dureza del continente, igual intentan desde allí poner trabas en los caminos costeros, y minar de obstrucciones todas las pasarelas generando, inconcientemente, olas de venganza que acechan a los que, perdidos entre ellas, desean volver al agua algún día.

Pero a pesar de los escollos, las trabas y las manifestaciones corporales menos instructivas, los nuevos cánones ya han llegado a esta costa marina y, aunque anónimos a la gran masa de gente, ya están ondeando de frescura, azulados y resplandecientes. Mientras tanto, formaciones familiares caminan en fila (como en una escena fantasma), desaforadas por aprovechar la puesta del sol fuera del agua. Ellas con todo derecho deciden, provechosamente para nosotros (pues generan mayores espacios), abandonar el día mientras en la playa todavía se inauguran carreras hacia el mar. Estas formas que corren, constantes hasta la desaparición del último haz de luz, saben bien que de noche el fuego no ilumina fuera del agua, saben que el fuego no da respiro a los actores del verano económico. Donde hay dinero en grandes cantidades, y durante un lapso corto de tiempo, cada cual atiende su juego, o su fuego. Y así gira la rueda del otro verano. Fuera del agua todo es adornado por la inocencia de la cultura de la exageración. Ni la mejor montada comedia surrealista ha podido hasta hoy empatar este poco sutil festival de estación.

Ahora bien, a los cuerpos que reptan duros sobre las dunas (cual peludos perezosos y empantanados), a los que no oponen resistencia al avance del más oscuro y nebuloso reinado de la renuncia, a los que no son capaces de moldear con sus manos una gran bola para arrojarla al mundo, a todos ellos los persigue una mordida que almuerza sus articulaciones casi por completo, dejándolos casi sin tracción hacia el agua. Éstos, yacen entre los granos, detenidos. El mar por la noche deberá ocuparse de ellos. Pero, a pesar de la fascinación por el falso placer que generan estas roídas de la sombra, algunas formas logran como pueden incorporarse y desembocar en la orilla; y, aunque amputadas ya de alguna que otra facilidad, es decir, de un brazo o de una pierna, preparan solas el chapuzón mientras otras necesitan la ayuda constante. En este mundo asistencial, una forma frágil porta en su anverso un cuerpo en lasitud y, sostenida -o quizás apuntalada- por otra forma robusta, también reclama ser su propio chapuzón, estar en la lista, volver a ser, aunque sea en la ficción, la chispa inocente y sobresaltada que supo ser en su juventud. Esta forma, que en apariencia decae, pero que en los papeles demuestra querer ser pura vida, es pura intención; a pesar de que, muy oscuramente, sus familiares imaginen para ella la solución final al fuego de su tercera edad. Pero siempre hay tiempo. Esta forma quiere comenzar, aunque sea tarde, a parecerse a lo que su inconciencia siempre supo que era: agua para lavar y lavarse, agua para fluir y salpicar, agua para poderle al fuego. Entonces, quejosamente pide, exclama, aunque sólo pueda animársele al mar no más arriba de la línea de sus tobillos. Quizás la suerte-muerte de su cuerpo esté ya echada. De desplomarse ahora sobre aguas poco profundas el océano, en aproximadas 6 horas, se haría cargo de ella. Quizás con su muerte haga lugar a las formas más jóvenes y pudientes.

Lo interesante de todos estos movimientos, es que la sobreexcitación de la muchedumbre sigue reproduciéndose en sí misma, y lo hace al mismo tiempo que se reprime y se lesiona. ¡Y a este freno de no traspasar el borde por montones llaman virtud! A este fuego que quema todo lo destinado a rodar llaman virtud estos sujetos: indignados ante la más grande incomodidad particular, a veces afortunadamente recompensados dentro de los primeros casinos que se levantan fuera del agua, pero indignados nuevamente al bajar a la playa y verse clonados en enormes muchedumbres! Así es como algunos abandonan el mar central por playas ubicadas más al sur, y lo hacen con todo derecho, pues el creador ha construido caminos de asfalto entre los bosques para que el hombre del verano pueda utilizar montado a su rompe-huesos. Pero, qué más da: ¡pasionales fuera del agua! Estos recargados en dureza no tardarán mucho en convertirse en animales de piedra, y hastiados de su virtud inmóvil y fotogénica pedirán mucho más que agua para refrescarse y ablandarse, ¡reclamarán el fuego absoluto y calcinante, poniendo el aullido en el aire de todas las ramblas!

Mientras el continente contiene como puede la proliferación de incontables niños que desarrollan un espíritu destructivo, en el mismo plano el niño Arturo, peinado al estilo punk, da con sus manos delicada vida a dos copias de cochecitos. Él adopta las copias como representantes de la realidad (aunque a escala pequeña). Y atendamos esta escena, porque lo que sucede puede ser para los adultos una verdadera lección de vida. Agachando su cabeza hasta el nivel de la mesa, y colocando su enfoque sólo en el girar de las 8 ruedas, este piloto alegre jamás los deja caer al suelo, ni los hace chocar entre sí. ¿Y cómo a este niño no lo va a acompañar ya un destino de grandeza, un impulso incontenible de bajar a la playa para correr y ganar todos los grandes premios? Sus dos autos, locos y tridimensionales, están separados, respetando la distancia necesaria según sus velocidades, y por eso se acompañan cordialmente. Y es en esa distancia cordial, en ese espacio vacío que queda en “el medio”, donde Arturito descubre su propio espacio de bienestar y de triunfo, y se llena nuevamente de un sentimiento heroico, del cual le será muy difícil desentenderse el resto de su vida.

Y el barro… El barro carga de manchas a las formas, carga de humedad a todas las cosas, se muevan o no; porque sobre él se posan, pretenciosos y acumulados, los numerosos hombres, canes, guardavidas y marineritos de este verano feliz. Cualquier niño se retuerce bajo condiciones impuras; por ello necesita desatarse, nadar, chapotear, sentir que tiene dominios en el mundo de los cuatro elementos. Un niño necesita agua en grandes cantidades. Diariamente debe entrar en comunión con todos los elementos de la naturaleza. Pues sus bríos le ayudan a equilibrarse, y a planificar mejor sus próximos movimientos. Para el niño Arturo, la ciudad natal igual lo cobija. Repleta de todo tipo de agresiones, ruidos, malos gustos, poluciones, energías oscuras y desequilibrios dinámicos, ésta lo desborda por un estímulo que, a su vez, lo lleva a crear nuevas opciones y adelantamientos respecto de las novedades que ni siquiera todavía ha publicado. Es sorprendente, y enigmático a la vez, el hecho de que mientras para algunos niños la ciudad es una gran hoguera donde sus espíritus vulnerables se queman irreversiblemente, este mismo entorno sea para Arturo el aliciente perfecto para estar adelantado respecto de sus propias nuevas ideas líquidas.

El pequeño pero gigante Arturo, chiquilín como de la altura de las tormentas de bañadera, desenrolla en la playa su fino hilo, haciendo subir su ligereza al cielo como un cometa, y caer su espontaneidad dirigida al suelo como un rayo imperceptible. Su cielo es gris, su fondo absoluto y parcial. Los últimos días de película, emborrachado de un sol continuo que no se ha ocultado desde el primer día de registro, camina la orilla sabiendo que nunca más será el mismo al regresar a su rectángulo. En un espacio para celebrar esta transfiguración, sus pies también son como rayos que se clavan como velas en la superficie, e iluminan como mil estrellas un cielo que muchas veces es de arena y muchas otras de agua. Ahora, ¿cabrá la posibilidad de que este fuego no esté hecho para aprisionar a las formas libres, ni para exterminar a las formas podridas en dureza, sino para que queme todos los tipos de pies, y Arturo no cese por ello de alternar sus jornadas circulares hacia aguas poco profundas? Pues, la vida se renueva allí, en esas apta-para-todo-público profundidades. Tranquilos los corredores de esta arena, desoyen el rumor de la calle. Aquí poco interesan los estruendos perfectamente maquinados. En este reservado se suceden verdaderos encuentros personales y extraordinarias odiseas del deseo. Dos formas usan sus manos para seguir incorporando naturaleza a sus más reprimidos estados continentales; éstas aplican remolinos de placer barroco sobre la piel, firmes pinceladas expresionistas. Todo tiene un aspecto sexual e infantil en esta orilla, es simplemente inocente y subyugante a la vez. La atmósfera veraniega rebosa tanto de la materia blanca como de la negra. Tal como se comportan las nubes bidimensionales y las sombras perseguidoras que acechan.

Ahora bien, a pesar de haber sido registradas en el mundo de los hechos reales, en verdad estas formas son para Arturo como figuras culturales que se dividen en dos grandes corporaciones: la primera sería la de las vaporosas, que nunca encuentran sus volúmenes finales; y la segunda, la de las cenicientas, que nunca encuentran sus verdaderos principios de bienestar. La primera es puramente contradictoria, pues, del total de las partes que la componen algunas pujan por tener controlado al fuego, y otras por tener el valor del agua. La segunda corporación es exclusivamente concluyente, pues, todas sus partes por igual ya saben que su concurso es el fuego, y su efecto la aridez sin tiempo. Para esta corporación sólo hay un elemento. Hay algo que llamamos antes el bienestar de las formas, y es justamente por la aparición de este concepto general por lo que la figura de este tiempo de verano no se enmarca en el espacio tan sólo para señalar la oposición entre lo auténticamente natural y lo artificial de la urbanidad civil. Es decir, aunque haya urbanidad en la cercanía de la arena, el recurso natural que sirve de escenario para este verano, antes de ser un vehículo moral es más bien un vehículo para abarcar todo el abanico de posibilidades creativas. Esta naturaleza puntual interesa primero como forma de calesita que hace girar los móviles de los deseos más frescos y juveniles, y después como meca para el atractivo y pintoresco reposo con pose. Su paisaje, eclipsado por la presencia que tienen las formas humanas que él ve en primerísimo plano, es como un fondo que está a veces demasiado fuera de vista como para traerlo, y otras veces simplemente demasiado visible, solitario y recortadamente puro respecto del primer plano, pero nunca abstraído de su pregnancia. Y nosotros, cuando chicos, también tuvimos el bienestar del que Arturo nos ha hablado durante esta primera parte del ejercicio, sólo que no éramos tan concientes de su contrapartida como ahora. Pues antes existía, en nuestros pequeñísimos modos de ser, un bienestar en una sola forma: la de ser chicos. La inocencia del infante es por entonces una forma pequeña que no tiene por qué conocer esta dualidad conceptual.

Y es así que, en este tiempo de verano, el cuerpo, acometido por las insidiosas llamas grises, es un habitáculo reversible. El adentro esta por fin en el afuera. Y así, comprometiéndose con el medio y encarnando todos sus estímulos, se puede ver el afuera para volver a ver hacia adentro. Ahora se siente el calor en el aire y no, como vimos que sucedía en la vida primera, en el fondo del cráneo. Este dar vuelta la piel borra las llagas, desvanece los indicios del prejuicio paralizante y desanda el camino simbólico que antiguamente llevaba al desciframiento de una imagen miedosa, pesada y cenicienta. Nadie más que el agua congela la irreversibilidad del efecto del fuego, nadie más convierte a la imagen pasada en un nuevo enigma: campo lúdico enteramente húmedo y oleaginoso. Porque justo el agua es quien no sabe conservar las huellas, quien es informal e indiferente a las líneas, quien nada tiene que hablar con el fuego, porque justo es todo fondo. El agua, como unidad informal, brinda amparo a todas las figuras mojándolas de pasatiempo, y liberándolas del sentido de “atención” que éstas tenían en su estado más urbano, justamente, por marchar inconcientemente al ritmo de la solicitud cultural. Pero es el fuego quien quiere hablar con el agua. El fuego es quien busca siempre la entrevista.

El fuego, en su interés desmesurado, es una feria de vanidades que vuelve sordo, mudo y ciego a todo lo que se ofrece en ella. Y este es un fuego que, en su levedad, nunca termina por reducir a sus víctimas a cenizas, pues su intensidad también carece de compromiso y poder de hogueras. Entonces la razón del fuego no termina de definirse en su asunto destructor: ni sube rápidamente hasta el cielo ambicionado quemarlo todo, ni se apaga lentamente hasta el suelo renunciando a su motivación. El fuego es gris. No es blanco como la luz del gran mediodía, ni negro como la pérdida del sol al anochecer, tampoco es negro claro: no tiene tinte alguno de claridad. Su pared es gris, pero no es diáfana: gris, gris, como la costumbre continental y citadina. Es un fuego conocido el gris en este tiempo de verano. Su desagrado esta por delante y por detrás; su indicio está a derecha y a izquierda; su fuente está abajo y arriba: quema de a poco, envuelve, y no es un fuego exclusivamente en el cuerpo, también seduce a la conciencia. El fuego es definitivamente gris. Y gris es la ausencia de toda determinación, de toda dinámica. Y gris es la presencia de la incoherencia. Atención con esta descripción. El gris es la inercia provocada por el color negro, es decir, la pura resistencia a la capacidad de ser blanco y puro; y, además, es el negro bajo la influencia de las drogas. En el gris las fuerzas de todas las cosas están a mitad de camino: ni resueltas a girar ni muertas de quietud, sino pendientes, reacias a definirse. Por ello la naturaleza del gris es la viscosidad de la resolución: el empantanamiento de todas las hipótesis de bienestar. El gris no tiene el motivo del color blanco, ni siquiera del negro. Seguro que no lo tiene. Asimismo, cuanto más oscuro es este gris más se dibuja sobre él, aclarando, la esencia de la niñez y la figura que expande sus brazos como dándonos la bienvenida. Pero como en este tipo de gris también surge el descanso, algunos todavía hoy lo aceptamos como una forma de indiferencia hacia el color negro. Por suerte, o por compromiso, al mismo tiempo, sobre un fondo oscuro, rectangular y acostumbrado, un haz de luz anaranjada irradia salud hacia fuera, justo allí donde el humo gris la encapsula hacia dentro, intentando neutralizar su brillo.

Con seguridad queremos al gris. Con seguridad lo necesitamos al gris. Y Arturo lo necesita, pues su acumulación y repetición recarga aun más la atmósfera necesaria para propiciar la más grande y desatada corrida hacia el agua, y el estallido del color. El infierno, en este tiempo de verano, es estar solos, grises. Lo más probable es que el fuego evapore a las gotas solitarias que flotan, pero éstas si se agruparan en grandes cantidades extinguirían todas las hogueras y barrerían con todas las cenizas.

Pero aclaremos una cosa sobre esta dualidad. La corporación que se seca sobre sobre las dunas, y sobre el cemento, no es enemiga de la corporación más blanda y espiritual que desbarata la orilla. La última, sin duda, sigue humectada por la gran masa de agua todo el año (aunque sea metafóricamente hablando); mientras que la primera, sólo se humecta para la ocasión. Ahora, si nadie nos salva de convivir durante gran parte de nuestras vidas con este color, ¿qué podemos hacer entonces para refrescarnos aunque sea un poco?

Todo el mundo posa, imposta o aporta una mentira mal extinguida. ¡Pero qué lastima andar así bajo el sol, veraneando, marchando!, ¡cuántas veces dando pasos con los pies quemados por no correr, rectos de dolor con la conducta de un soldado de playa! ¡Y cuánta agua del otro lado!, ¡cuánto barro azul intentando hacer el amor con nuestras plantas! Sin embargo, durante el día nos acomodamos en la arena de la cultura y, si nos quedamos dormidos, nos consume un infiero por la noche. ¡Así nos volvemos áridos!, ¡ignorantes de cualquier resolución! La dualidad en verano es compleja. Cuántos luminosos motivos hay en el agua, traspasando la línea donde nacen las primeras olas, para seguir nadando hasta la otra orilla; y, al mismo tiempo, cuántas trampas instaladas en el fondo esperando trabar amistad con nuestros huesos. Correr hacia el agua es como esperar una nueva hora para nacer. Quedarse en la arena es como secarse del todo. Porque, si no se puede con el fuego, primero uno se vuelve arena, después se vuelve fuego, y ya no es uno en su elemento, sino que es al fin el lanzallamas de la cultura.

Por otra parte, el chapuzón no se conforma con la difícil y sistemática misión de eludir o de enfrentar a su enemigo lumínico (y lo caracterizamos así puesto que ambos elementos iluminan, cada uno a su manera, para bien o para mal, los distintos recorridos que realiza el alma humana en post de su supervivencia), sino que al mismo tiempo la acción se consagra al cumplimiento positivo y presente de la felicidad veraniega. La felicidad siempre sobreviene al chapuzón. ¿Qué significa entonces esta acción sino sacar el freno y acelerar, oxigenarse con la sangre nueva? ¡Amigas, amigos: el chapuzón es un PLUFFFFPLÁFFFATELE! Es sacarle la lengua a la lluvia, retirarle el gesto de complicidad al payaso de turno, negarle la mano al concupiscente, zarparle el hacha al verdugo justo en el momento decisivo, agrandar los ojos mirando directo al sol. Entre muchas otras cosas. El hacedor incansable, por ejemplo, se da el chapuzón todos los días en su taller cuando piensa y produce nuevos niveles de soluciones, tanto teóricas como prácticas. Y esta gimnasia de producir favorece el éxito y el dinamismo tanto de las empresas mentales como de las materiales. Y sobre todas las cosas, darse un chapuzón es recordar los motivos de los primeros chapuzones, querer rememorarlos uno a uno, llevarlos adheridos junto con el sol anaranjado, la arena gruesa y la sal, a la humectada y nueva piel.

También se da un chapuzón aquel que, en la proximidad del las mesas del juego, no atiende el llamado del lucro fugaz, justamente para no entorpecer la suerte de aquellos veraneantes que lo buscan sólo fuera del agua. Y así su figura, que gira y gira, cada vez es más grande, pues nunca pierde ninguna de sus células, sino todo lo contrario, absorbe ganancias; y sin que los dueños del dinero feliz lo noten, su figura rodante abarca cada vez más números y, por ende, probabilidades de triunfo. La fortuna es algo que se consigue trabajando, arriesgándolo todo, todo el tiempo.

El chapuzón (ya no en sentido metafórico sino más bien como actividad innata que la materia realiza por necesidad) también se abre camino entre todas las búsquedas, para anotarse como una cosa más que busca su propia verdad blanda. Es decir, excluyentemente se da un chapuzón aquel que, conciente o inconcientemente, necesita dárselo.

Ahora, inmersos en la atmósfera de este regreso en el tiempo, en los dominios de esta acción refrescante y liberadora (acción que todos sabemos se practica fervientemente en este verano, pero que no es propiedad exclusiva de él), es imposible encontrar rastros de un mecanismo dispuesto a la represión del deseo. Pues esta acción acuosa, nacida de la misma comunión placentera con la materia líquida, no sabe aún -en su capsula de embarque hacia su activador- de esta tan embarazosa dualidad cultural fabricada por el instinto psicológico del humano.

Pero cabe señalar que, a medida que este tiempo perdido recobraba en imágenes una relación cada vez más intensa con los ideales del comienzo de un nuevo ciclo, se hacía más y más distante a la vez la relación que guardaban sus más nobles enfoques con el prototipo de la imagen pintoresca de las vacaciones. En ese lugar diferente la humedad producida por una mano araña -que apasionadamente se relaciona con su objeto- fue cubriendo todo el sentido, y fue desplegando la caravana de miradas visionarias hacia todos los rincones del paisaje.

Ahora bien, nosotros conocemos largamente la fuerza y los efectos del fuego, tanto como conocemos la fuerza y los efectos del agua, entonces es aprovechándolos del mismo modo, pero con desigual industria, que nos hacemos compañeros de la naturaleza de la fuerza que los dirige, pareciera, al primero más sobre nuestras cabezas, y al segundo, sobre nuestros cuerpos. Por estas disímiles intensidades que fluyen en ideales o atacan al cuerpo social, es que la costa rociada de humedad esta en plena disputa. Por ejemplo, embravecido el fuego pasando la primera línea costera, allí fuera del agua, presiona a los peatones desentendidos del agua a colonizar la gran ruta serpenteante de suelos movedizos, pues en su anchura esta parece ser la única solución existente para el alivio. Por esta actitud del clima particular y universal, todo el tiempo, sobre todo en verano, llegan nuevos cadáveres que la sal debe resucitar; todo el tiempo de verano, sobre todo de día, llegan nuevos vivos que el mar debe entretener; todo el tiempo, que es cada segundo, se erigen sobre las pequeñas dunas y el cemento nuevos indecisos del chapuzón que las medusas de arena seca deben espolear y despabilar. Así el movimiento playero se torna harto complejo, y mucho más cuando la fiebre supera los 37°, provocando que hasta los peatones sobre ruedas quieran encallar sin escalas en la orilla.

Es difícil cuando uno se quema de adentro hacia afuera. Para curarse uno lleva al agua todo lo que puede, todo lo que tiene y todo lo que es. Uno lleva todo el tiempo de verano que es verano, todo el tiempo de verano que aun no es otoño, todo el tiempo de verano que tampoco es invierno y todo el tiempo de verano que ni siquiera es primavera. ¡Pero este verano ha llegado justo a tiempo para quemar a la bestia! En algunos casos, en un tiempo de verano se concentra mucha más vida y movimiento que en toda una existencia mal dirigida, o dualmente ejercida.

Una vieja forma se pregunta: “¿Cuando desaparecerán estos grises nubarrones?”, mientras debajo de ellos Arturito, despreocupado, moldea una bola con sus manos y se divierte, justo cuando el denso nubarrón parece estar a punto de explotar y descargar, sin piedad, sus rayos sobre sus congéneres. “¿Cuándo se abrirán las puertas de los clausurados camarotes?”, se pregunta otra forma que no se anima a desgarrarse de la represión, y a independizarse de las mareas sistemáticas. Y hablando de puertas, se ve una muy grande instalada magistralmente justo sobre esa línea costera. ¿Y qué sucede con ella? Pues, si no la abrimos, nos disponemos al placer del agua como si la orilla fuera un borde que estamos condenados a no sobrepasar. Si no la abrimos, nos condenamos al trabajo forzado, el mismo al que la mar pareciera estar condenada de por vida por tener que drenar, durante la noche, toda la basura del día, y barrer también de la orilla los restos y consecuencias mortales de los chapuzones mal gestionados. Todo más allá del borde esta pintado de un color anaranjado, pero todo más acá es incertidumbre. Imaginamos que de abrirse esta puerta, un sol de este mismo color representaría mucho mejor la idea de la atmósfera alegórica que un sol tibiamente tornasolado.

Entonces, como para hacer ya mismo un auténtico retrato del espíritu playero, -o si se quiere veraniego- nos preguntamos, ¿a quién se parece más el sabio que Arturo busca en este tiempo de verano? ¿Se parece más a un niño desinhibido que entra y sale del agua tiritando, corriendo en busca de una toalla?, o ¿se parece más a un adulto con llagas en las manos y, por ello, un problema muy grave de apertura?

Como sea, ¡hay que interesarse realmente por algo que en su naturaleza sea definitivamente cálido y líquido a la vez! ¡Pero cuidado, quizás no haya que mojarse de golpe! ¡Quizás tampoco haya que atravesar esta puerta de un solo movimiento! Debemos, en todo sentido, creer antes en los austeros e inconmensurables estudios y gestiones de los aspirantes al chapuzón. Creer en sus irreverencias y voluntades, así como en sus tempranas conquistas, es acompañar al mar por las noches y ayudar a la limpieza de este "santuario de desechos". Interesarse por sus más delirantes tesis de bienestar, es quitar tintes oscuros y dar un respiro al próximo amanecer anaranjado (pues, hipotéticamente, menos basura sería mal arrojada por los estudiantes ante un escenario cada vez más transparente). Condonar sus deudas sería exagerado. En algunos casos, robar a ricos para becarlos también lo sería. Simplemente dejémosle profesar a los futuros marineros sus barrenadas al ritmo de sus propias mareas. Démosles una mano, una cuerda, un faro, para que puedan, con este último tirón, terminar de traspasar el borde para conocer cómo es la vida del otro lado: ese que no existe cuando estamos fuera del agua, ese que quema, que mata de a poco, que es aridez sin tiempo.

¡Ojo! Sin irreverencia tampoco se debe acometer contra los instituidos acantilados. Que el agua joven y torrentosa gane espacios al continente, y no al revés. Que esta batalla este en manos de los sabios remolinos, de las grandes tempestades, y no de los surfistas de temporada que practican su pasatiempo sólo de cara al continente. El niño que tempranamente se ha marchitado en el fuego, ya en su adolescencia se vuelve un apático surfista de las dunas. ¡Y cuidado con ésto! Porque cualquier resentido de la arena, cualquier caído de la pequeñísima ola se convierte en chispa en tan solo un instante. Y así es como cualquiera causa un infierno innecesario, un pandemonio en el que muchos acaban por consumirse involuntaria y precozmente.

Visto y considerando, ¿cómo se salva entonces un niño del fuego que flamea su mandato de imposibilidad, y que además, en cada tropiezo, aguarda agazapado entre las sombras?, ¿cómo hace para enjuagarse los trozos de piel quemada, el baño de combustibles y las infecciones urbanas que ya ni la sal marina pueden raspar?

Pues, Arturo no se escapa.

Si el hombre no es un gesto del agua, ¿qué es entonces?, ¿quién lo ha propiciado? A esta génesis los niños la recuerdan mejor que nadie. Igualmente el niño no se resigna a no enfrentar al fuego; quiere quemarse porque quiere aprender a ser más fuerte y resistente. Así él, a medida que crece, y crecen también las llamaradas, se acostumbra al desafío y acumula quemaduras en todo su cuerpo. Pero también descubre que el fuego tiene cualidades orientadoras, virtudes que, de juntarse todas y quemar con insistencia sobre un mismo punto sensible, harían al niño querer correr sin escalas hacia el agua.

El niño se ve hoy seducido tanto por las atracciones de la amontonada forma continental, como por la misma cercanía de estos inmensos piletones. De la primera seducción, que se extiende mucho más en el tiempo que la segunda, podemos inferir que la utopía húmeda se agranda durante el sueño a medida que su vigilia va perdiendo contacto con la fuerza real del mar.

Ahora bien, para que ésto no suceda así, ellos sienten en realidad, a través de sus vibraciones energéticas, que su sociedad debería organizarse de otro modo para bajar a la playa. Quizás por esto mismo esté allí el escenario perfecto para que Arturo pueda hacer realidad su alegoría de la puerta giratoria. Resultaría muy interesante imaginar tanta cantidad de personas entrando y saliendo de ella: algunas decididas al cambio, otras purificándose constantemente, aprovechando la cercanía de este sanatorio-giratorio pero sólo con el fin de hacer lugar para volver a contaminarse. O quizás no, quizás el lugar no sea tan abajo, sino mucho más arriba: en la cumbre más alta del continente, allí donde anidan los pájaros, los que saben volar, allí donde lo mundano no es más que un efímero recuerdo. ¿A ese lugar tan elevado llegarían algún día los peregrinos resueltos a la empresa del gran bienestar?

Pero como por ahora es sólo imaginar, volvamos rápidamente al análisis final de esta extensa y compleja red de relaciones que dan vida a la dualidad que nos ocupa. La primera fase de este comienzo es sortear el efecto del fuego en medio del verano más extremo. Aquí la conciencia de libertad indica una particularidad que faltaba en el inicio de la vida segunda, y que ya no es difícil de explicar, pues su intención ya ha tomado verdadero contacto con el agua. Nosotros ya sabemos eso, porque nos ha salpicado. Arturo nos ha dado de probar la primera porción, la primera estación. Por esa prueba contundente es que los compañeros estamos convencidos de que, mediante este renovado chapuzón veraniego, se aproxima un ciclo adulto muy importante, tanto del pensamiento como de la historia del cuerpo; un nuevo ciclo en el que Arturo abandonará una actitud de estudiante oprimido, para adoptar finalmente otra inercia natural: la del practicante atento, un sujeto que se consagra, sin pudores ni reservas, al placer del agua salada y a la pureza de sus propiedades, tanto como al trabajo sistemático de seguir dando las brazadas y pataleos que sus ideales le soliciten.

En esta etapa lo psicológico y lo fisiológico se reunirán seriamente. Así es más fácil elaborar un proyecto para que la distancia entre la cabeza y el cuerpo sea acortada de una vez y para siempre.

Pero varias cosas más se necesitan para llevar adelante el proyecto del bienestar en este comienzo de las 4 estaciones. Como acompañan siempre fisuras lógicas y pinchaduras metafóricas en los extinguidores responsables de combatir las llamas, son necesarios por ello rellenos constantes, vitaminas reales dentro de la cantimplora que habrá de nutrirnos durante el viaje (al menos mientras se suceda esta épica de curaciones y de nuevos intentos).

Arturo ha necesitado diez años para conocer los efectos de este fuego gris para, finalmente, llegar a esta orilla para comenzar a nadar, pero ahora por encima del agua, diez años más para estudiar los beneficios del chapuzón. Según su teoría, en este mundo mitad animal y mitad cultural, en diez años se aprende algo bien, es decir, se lo conoce para rechazarlo, o para aplicarlo de manera más conveniente. Se conoce para entender, se conoce sobre todo para sentir. Así se aprende a mirar con la lupa más de cerca. En una década se obtiene esa visión periférica tan necesaria para empezar a preparar con seriedad la creación puntual, a la vez que se la comienza a reproducir.

Ahora es que Arturo, tras prolongada alternancia entre el buceo y la hibernación, y observando los efectos climáticos de la presente reinterpretación atmosférica, además de disfrutar ya un cambio en su respiración y en sus articulaciones, piensa con alegría en el fantástico hecho de que su vida segunda transcurrirá en lugares más heterogéneos, más mundanos. Y pensando un poco en los primeros y adelantados resultados creemos: qué vertiginosa e innecesaria -y a la vez tan escueta- sería una imagen de la orilla obtenida en un movimiento a vista de pájaro, cuando en verdad el arácnido de piel húmeda y bellos dorados consigue, estando a la misma altura de las formas, hacer flotar a la visión que ella descubre entre la espuma de las olas; logrando además, gracias a su pericia intermitente, mantener en pié las ganas de capturar, en una sola y seca imagen fija, a los innumerables fotogramas que componen un solo paisaje social.

Con una nueva forma de registro se alcanza la felicidad del niño anterior. Con un anónimo y renovado punto de vista es reemplazada la nostalgia por una juvenil experiencia; sólo vasta un gesto de silencio, seguido de un movimiento imperceptible. ¡Atención!, ¡atención!, ¡hagamos silencio! ¡Atendamos! A veces hay que cerrar los ojos y acallar la mente para poder caminar hacia adelante. No debemos tener terror. Hay que entender que la naturaleza es sabia por poner, de manera rotunda, nada menos que a una masa líquida tan segura de sí misma al final de nuestros zigzagueantes recorridos.

¡Atención nuevamente! Demos transporte y merienda a las formas más blandas y espirituales. Ellas vienen marchando desde lejos, sigilosas y taciturnas. A la juventud de cada tiempo debe facilitársele la llegada al mar, si quieren los árbitros de las regiones que las contienen procurar una pronta recuperación anímica, espiritual, y hasta estatal, y un vigoroso aumento de la creatividad, del pensamiento y de la justicia de la humedad social.

La juventud no debe pedir permisos ni repartir consultas si desea incursionar en ideales desiguales a su tiempo, tampoco debe pedir pista para traspasar las líneas y volar más allá de lo que lo han hecho aquellos que la precedieron.

¡Amigos nuestros: para ser genios en la vida, hay que saber jugar bien a algo!

Ahora, si así no lo hicieran estos jóvenes hacedores, practicando en su lugar el deporte de la inconsistente y temerosa pregunta, habrán de quedar para siempre divorciados del recuerdo que les pinta el color de sus propias infancias, y serán siempre formas que envejezcan, tal como lo han hecho las que sólo han podido asumir la responsabilidad de conservar un malestar.

La juventud de cada momento debe crear las reglas de su propio tiempo, y éstas deberán ser mínimamente preclaras. Pues, mensajeros del buen interés son los que enérgicamente no retroceden ante el avance de las temperaturas más altas; comisionados de un ideal dinámico son los que con lúcida y sólida pisada en los espacios comunes no se horizontalizan ante las dulces mieles de los alojamientos continentales; administradores del mar, y de todas las concesiones que crezcan alrededor suyo, serán los estudiantes que renuncien al fuego de olvidar sus recuerdos; delegados del bienestar serán por ello los adultos que corran (pero esta vez como niños grandes e irreverentes) a encontrarse con el chapuzón refrescante y liberador.

Es misión del hombre memorioso, joven y visionario consumir al menos algo de sus energías en dar empuje a las formas más temerosas y faltas de visión, y llevarlas cerca del agua a lavar sus ojos visores de obstrucciones tradicionales. Y es misión de Arturo tomar este ejemplo y comenzar a ofrecer al menos una toalla húmeda y, si se le permitiera, también mensajes de experiencia y de limpieza a estos visores totalmente cubiertos de finos y duros granos de piedra y de metal.

Todos debemos ayudar prontamente, con las manos y con los ojos, pues a cierta altura, en el atardecer del hombre de verano, esta forma de ceguera se vuelve irreparable. El horizonte, para todos los que puedan despejar sus ojos de estas obstrucciones, para todos los que lo contemplen tanto desde el agua como desde el continente, el horizonte amigos nuestros en “el medio” se dibuja para todos.

Y hay que guardar las vidas en estas playas imperfectas, no solamente auxiliarlas en casos de emergencia. ¡Hay que guardar las visiones subdesarrolladas para que juntas puedan reproducirse a futuro! Los consagrados guardavidas, a demás de cumplir con sus obligadas tareas de rescate, deben mantener girando esta compleja estructura de cuidado de las formas. Ellos deben, primordialmente, utilizar sus dos ojos, cual binoculares, para identificar las formaciones diletantes al líquido y acompañar, de entre todas sus iniciativas y propuestas, sólo a las más elaboradas a chocarse contra las olas para mantenerlas despiertas a su tiempo. Además, deberían ellos por carácter y experiencia, en lugar de confundir al los estudiantes con sobrecargas del ayer, modas y falsos prestigios, levantarles el ánimo, y saber contagiarles la creencia de que sus deseos más ambiciosos podrán cumplirse, pero sólo si así lo quieren y, paradójicamente, trabajan incansablemente para que esa ambición no sea desmedida, no termine en malestar.

Lo sabemos ya. Reglas son las que se rompen nadando sabia y épicamente. Bordes son los que se traspasan con los ojos abiertos o los ojos cerrados, pero siempre concientemente. Quienes no pueden romper las reglas son aquellos que más discuten sobre ellas. De bordes hablan los que nunca bajan a la playa, porque ellos son quienes fotografían las barreras que se levantan entre el mar y las ciudades.

Nosotros no cesamos en nuestro intento de reconocer y auspiciar este nuevo tiempo para todos. ¡Hay una nueva génesis climática detrás de la gran puerta! Sabemos que mucho ha crecido nuestro cuerpo de este lado, en el continente, y sabemos lo que cuesta que nuestro presente tenga algo del mismo color vibrante que ha tenido nuestro pasado, si es que lo ha tenido.

Sabemos además que una vez ganadas las simpatías por el bienestar, el aire salvaje de la orilla levantará y acompañará siempre a las formas decididas a atravesar este difícil cambio. Por ello, el futuro de nuestros niños interiores dependerá de una constante floración del interés por el chapuzón.

¡Arturo: sin ideales líquidos no puede existir tal florecimiento!

Si nosotros no asumimos aquí y ahora esta húmeda iniciativa, pues no nos queda más que declinar grises, renunciar a la corrida y, así, permanecer fatigados y oscuros sobre el hormigón, ¡que ni siquiera es la pura tierra!


"Del Fuego y el Chapuzón" (Cap. XIII - Parte Primera - "Arturo").

Capítulo adelanto del Libro: "El Comienzo de las 4 Estaciones" (1er. ejercicio teórico) por Leandro Piñeiro

*Véase Libro: "Summertime" Tiempo de verano

miércoles 14 de diciembre de 2011

"Fuera del agua" (escena borrada)



Escena borrada del DVD "Fuera del agua". 2do. ejercicio audiovisual registrado en la Rambla de la Ciudad de Mar del Plata, en enero de 2008. Material complementario del Libro: "Summertime" Tiempo de verano (publicado en abril de 2011) por Leandro Piñeiro. *Versiones de "Summertime" de Charlie Parker & Chet Baker, Ella Fitzgerald & Louis Armstrong, Sarah Vaugan, Artie Shaw, Glenn Miller, y más.

martes 6 de diciembre de 2011

viernes 29 de julio de 2011

ADELANTO DE PUBLICACIÓN "El comienzo de las 4 estaciones" (1er. ejercicio teórico) en la X Feria de Libros de Fotos de Autor



X Feria de Libros de Fotos de Autor

Espacio Ecléctico - Humberto Primo 730 - San Telmo - Buenos Aires
del 5 al 21 de agosto - jueves a domingo de 14 a 20 hs.

Único ejemplar

ADELANTO DE PUBLICACIÓN

"El comienzo de las 4 estaciones" (1er. ejercicio teórico)

Contiene “Del fuego y el chapuzón” (Capítulo XIII de la Parte Primera)


"Summertime" en la X Feria de Libros de Fotos de Autor



X Feria de Libros de Fotos de Autor
Espacio Ecléctico - Humberto Primo 730 - San Telmo - Buenos Aires
del 5 al 21 de agosto - jueves a domingo de 14 a 20 hs.

a la venta 10 ejemplares de "Summertime" + DVD "Fuera del agua" + "La figurita difícil de conseguir"